La taberna

La taberna

A Aurelio le gustaba salir a cabalgar durante los fines de semana, pues le fascinaba la posibilidad de encontrar nuevos lugares donde poder robar.

Se encaminó con dirección a un sendero que nunca antes había transitado, el terreno era bastante inestable y al animal le costaba mucho trabajo seguir un trote constante. Poco a poco el sol se fue ocultando y unas nubes oscuras envolvieron el cielo, como si de un manto negro se tratase.

La tormenta creció rápidamente y el animal se desbocó por completo. Aurelio intentó por todos los medios posibles, frenar su endemoniada carrera, pero en eso su cabeza golpeó fuertemente contra unas ramas y perdió el conocimiento.

Pasmosamente cuando el hombre consiguió abrir los ojos, vio cómo la tempestad había amainado. Ante su mirada atónita se hallaba un poblado desolado.

– Esto es como en los cuentos de terror cortos Pensaba sarcásticamente.

Aquel lugar daba señas de que en efecto había pasado veranos mejores. Las fachadas de las edificaciones, tenían grietas y algunos locales ni siquiera contaban con su puerta de entrada.

De entre todos los establecimientos que pudo observar, hubo uno en particular que le interesó. Era una taberna, la cual se encontraba ubicada hasta el fondo. Su letrero estaba intacto. En el anuncio se podía leer “Bienvenido a la Taberna de Susy”.

Entró al lugar y lo primero que vio fue que todas las sillas estaban encima de las mesas. Además del polvo, había unas cuantas arañas y otros insectos rastreros.

Desconozco el motivo, pero Aurelio sacudió una de las mesas, acomodó los asientos en su lugar y se sentó a contemplar la barra.

– ¿Te apetece algo de beber forastero? Dijo una voz femenina.

– ¿Quién está ahí? Gritó Aurelio aterrorizado.

– Permíteme presentarme. Mi nombre es Susana Yescas Chacón, pero todos por aquí me llaman Susy. Soy la dueña de esta taberna.

Aurelio giro su cuello unos cuantos centímetros y entonces pudo observar a la que era sin dudarlo, la mujer más hermosa que había visto jamás. Era alta, de cabello negro, ojos grandes y cuerpo torneado.

Vestía una blusa de color blanco, junto con una falda larga morada y zapatos color café. Sobre su cuello descansaban varios collares de perlas.

– Creí que el pueblo estaba deshabitado, ya sabes, como lo narran en las leyendas.

– Nada de eso, lo que pasa es que los fines de semana los hombres del pueblo se llevan a sus familias a pescar al lago. De hecho, yo estaba arriba arreglando los cuartos cuando te vi entrar. ¿Si quieres puedes dormir aquí? La tarifa es muy baja.

– ¿En serio? No te creo. Si fuera como dices, no te alcanzaría el dinero para comprarte esos collares.

– Es que yo no he comprado ninguno. Todos han sido regalos de mis clientes.

– Bueno, bueno ¡muéstrame cuál será mi habitación!

– La primera de la derecha, pero déjame pasar a mi primero para encender la luz.

– Claro Susy, muchas gracias.

La taberna

Aurelio aprovechó ese momento para arrancarle a la mujer sus collares. Con un ligero jaloncito, se desprendieron fácilmente.

No obstante, antes de que pudiera correr, Susy lo tomo por el cuello obligándolo a mirarla de frente. Su bella figura se había transformado en despojos de carne y en su cuello sólo aparecían algunos cartílagos colgantes.

Aurelio murió al instante y su osamenta fue transformada en perlas.

 

La taberna

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